Por el momento no tengo ningún tema sobre el cual escribir. Lo que puedo ver por el momento es que estoy vestida igual que mi profesora. Tengo que notar que ella nación en 1955 y yo en 1986. La clase me está aburriendo profundamente. Llevo cuatro años en esta escuela aprendiendo de los actores y del sistema político. Esta clase es muy básica para llamar mi atención. Definitivamente no es arrogancia es simplemente que ya vi el material una y otra vez. 

Qué 21.05.11 (cont…)

Si escribiera todo lo que comí esta semana me quedaría aquí hasta el martes. Como son realmente irrelevantes tantos detalles, escribiré un breve comentario sobre dos (o tres, depende de mi ánimo de aquí a diez minutos). 

El primero es Lampuga en Polanco. Está justo entre Masaryk y Emilio Castelar, al lado del Hudson y la tienda Benessere. Es un restaurante tranquilo, con terraza agusto y muy buen servicio. Para ser franca yo llegué ya en la noche y mis amigas llevaban ahí desde las tres de la tarde, entonces mi pseudo reseña será más pseudo por incompleta. 

Pues ordené dos tostadas de atún y dos tacos de camarón. Las tostadas de atún era iguales a las del Bellopuerto, sin embargo de mejor calidad. No sé quien le copió a quién (pero de que se copiaron, se copiaron), porque el Lampuga tiene una sucursal más antigua en la condesa. En fin, si quieren tostadas de atún, están mejor éstas que las del Bellopuerto. 

Primero que nada son más pequeñas, las puedes pedir por pieza o por orden y segundo, la tortilla sabe más a tortilla que a Milpa Real como las del Bellopuerto. 

Los tacos de camarón contienen alrededor de cinco camarones de mediano tamaño, rebosados. Una entrada muy rica que igual puedes pedir por pieza o por orden. Pedí también un vino de la región de Ribera del Duero que rara vez falla. Esa fue mi cena del viernes por la noche, antes de mi ya narrada, salida frustrada. 

Aunque prometí por lo menos dos de tres, les quedo debiendo. Tengo un poco de flojera y muchas ganas de seguir leyendo mi libro titulado Los ingrávidos. Si logro acabarlo hoy, mi próxima entrada tratará de eso. Esto de escribir un blog implica mucho tiempo y esfuerzo. Si lo escribiera para que alguien aparte de mi lo leyera, creo que sí sería una pérdida de tiempo. Más bien, indudablemente lo sería. 

Escribo porque soy egoísta, escribo para mí. Creo que al final no hace ninguna diferencia. Mi punto es que ya tengo la continuación de muchas entradas pendiente. Siento que ya tengo aún más tarea. Pues, así es. 

Qué 21.05.11

Esta semana me he dedicado a bajar música como si realmente creí que se iba a acabar el mundo. También he comido de igual forma, desafortunadamente. Para que no acabe conmigo la culpa, me desahogaré escribiendo qué han consumido mis sentidos. 

Primero que nada, bajé tres discos indispensables de The Clash:

London Calling 

Sandinista

Combat Rock

Definitivamente London Calling es mi favorito de esos tres, pero los otros dos no se quedan muy atrás. London Calling fue el primer disco de The Clash que escuché íntegro y con detenimiento. No fue hasta que tenía quince años que conocí a esta banda que se convertiría en una de mis favoritas. Recuerdo cómo ocurrió esto.

Durante el año que me fui a estudiar a New Hampshire visité Boston muchas veces. Era una especie de refugio para mí. Representaba lo más cercano que tendría a una ciudad en mucho tiempo y aunque esa ciudad es infinitamente diferente al Distrito Federal era como un oasis en el desierto después de pasar semanas en un pueblo.

Ese fin de semana en particular llevé mi computadora nueva al departamento del entonces novio de mi hermana. Estuvimos jugando con mi laptop nueva que era toda una novedad. Fue la primera laptop que tuve y amé con gran parte de mi corazón. Él decidió compartirme sus discos y los fuimos guardando en mi computadora. 

Fui feliz: The Clash, Smashing Pumpkins, Café Tacuba e innumerables bandas más fueron mías finalmente. Esos nombres grandes que pertenecían a otra generación y en mi imaginario estaban increíblemente distantes. Por fin comprendería Mellon Collie and the Infinite Sadness completo y podría repetir y repetir “El baile y el salón,” sin cansancio.

El disco que realmente me tocó fue London Calling. Pasé una noche entera tratando de comprender qué decían estos ingleses en “Spanish Bombs.” “¿Yo te cuero?” ¿De qué hablaban? Claro, después de investigar y escuchar varias veces comprendí el significado de no solamente ésta, sino casi todas sus canciones. El contenido de las canciones solía perderse en la alegre melodía.

Para estos días de presión incesable como éstos, nunca queda de más escuchar “I’m not Down.” Algunas otras de The Clash que son mis favorita y están en otros discos son “Rock the Casbah,” para revivir los ochenta en tan solo tres minutos cuarenta y tres segundos, y “Straight to Hell” cuya letra nunca dejará de impactarme. 

Disclaimer: Obvio soy la típica que me peleo por quién conoció a la banda o la canción antes, sí soy de ésas. Ya tenía estos y muchos otros discos pero como cambié de computadora los bajé de nuevo. 

Qué

Ya que últimamente (o sea los pasados tres días) he escrito más en mi blog, decidí agregar una sección nueva. Aunque sería más pertinente agregarla a mi otro blog, El ritmo del cosmos, que comparto con Jimena, solamente refleja mi opinión. 

Esta nueva sección es poco novedosa. Sin embargo, el propósito aquí no es innovar, sino simplemente animarme a compartir mis ideas y sentimientos para escribir con mayor fluidez.

En fin, la nueva sección será acerca de qué estoy escuchando estos días. No sé que tan seguido la saque pero por ahora será lo que escuché esta semana. También agregaré qué comí esta semana. 

Ojalá al leerlo resulte más interesante que esta breve e inanimada introducción. Prometo omitir que desayuné cereal con plátano hoy y ayer y antier, y que probablemente mañana también desayunaré cereal con plátano.

Leaving it all behind

Después de un mes en cuarentena, me aventuré a salir ayer. Por más que me repetía que se debía a lo atrasada que iba en mi tesis, muy rara vez sacrifico salir por algo relacionado a la universidad. ¿Qué fue, entonces? 

Poco a poco aprendo que los extremos, por lo menos para mí, no son buenos. Mi comportamiento no llega ni a imitar un péndulo, ya que por más rápido que sea no alcanzo a recorrer el espacio entre los dos puntos. Hace alrededor de un mes decidí organizar una cena con amigos y después salir todos. 

Primero se empezó a complicar la organización porque algunos no querían ir al lugar propuesto porque se iban a encontrar con amores pasados. Cuando salimos de mi casa el grupo comenzó a fragmentarse. Dejando detalles atrás, primero fui con algunos a un bar y después alcancé a los demás. Fui migrando de lugar en lugar, de grupo en grupo durante el transcurso de la noche. 

Para las nueve de la mañana había recorrido todos los lugares de la zona, había compartido tragos y conversaciones casuales con varias personas, y finalmente me acosté en mi cama. 

Desperté cuando el peso de la culpa era demasiado para dejarme dormir placenteramente. Recordé esas primeras borracheras en las que apenas estaba tanteando los efectos del alcohol en un cuerpo cambiante. Sin embargo, esta vez la cruda no se debió a la cantidad de alcohol que ingerí, ya que fue inversamente proporcional a las horas que permanecí rondando la ciudad. 

Me quedé con un sabor de excesos, ni siquiera míos, sino de mi alrededor, de mis amigos, de la ciudad. Algo en mí despertó. Intenté reflexionar todo el día entre la neblina que inundaba mis pensamientos, fue inútil. Perdí mi día entero. Ese sentimiento de insatisfacción que llevaba comiéndome durante casi un año estaba a punto de dar una última mordida. 

Decidí que la vida que llevaba no me satisfacía. Por más que saliera y saliera, únicamente me alejaba de encontrarle un sentido a todo lo que sentía. Finalmente, ayer por la noche salí a cenar. De ahí me llamaron unos amigos y fuimos por unos tragos. Perseguimos a la fiesta toda la noche, nunca llegó. 

Lo que sí llegó fui yo a las cuatro de la mañana a mi casa. Un poco desolada y bastante más decepcionada. Desperdicié mi noche. Una no es nada realmente, pero se van sumando. Hoy decidí que no tengo que privarme de salir, sino que hay cosas que pueden resultar un poco más difíciles y por ende tiendo a evitar. Un ejemplo es escribir. Confrontarme, tomarme el tiempo de reflexionar y reunir las agallas para comenzar a escribir. Claro, resulta mucho más laborioso esto, y más que nada la probabilidad de fallar y escribir pura mierda que salir, emborracharme y simplemente despertar con un leve dolor de cabeza y una que otra laguna mental. 

Es sábado. Son las once de la noche. Estoy escribiendo. 

Vecinos, primera parte

La relación que llevo con mis vecinos es un tanto extraña. 

Aunque había vivido en un departamento antes, siempre había sido de manera temporal. El día antes de salirme de mi departamento en Nueva York, mi vecina vino a regañarme por el escándalo que armaba todos los días. Me pareció completamente fuera de lugar su regaño, luego recapacité. 

Vivía en un departamento bastante pequeño pero muy cómodo. Generalmente comenzaba a hacer mi tarea alrededor de la una de la mañana y ponía música a esa hora. Ese día en particular fue el último eclipse lunar del 2010, o alguna cosa así. Como siempre dicen, hacía 54729 años que la luna no se veía tan cerca de la tierra. Pues para conmemorar tal ocasión, le hablé a mi entonces no novio a Londres para comunicarle cualquier cantidad de cursilerías por teléfono. 

Eran alrededor de las cuatro de la mañana. Yo estaba, creo o invento, terminando un trabajo de la escuela. Abrí la ventana y entró un aire frío y bastante agresivo. Tomé mi colcha, me envolví en ella, tomé el celular en una mano y cuidadosamente salí a mi balcón.

No era un balcón realmente, sino una salida de emergencia. Desde ese punto pude contemplar la luna, abrazada de mi colcha, escuchando esa voz familiar y mi favorito, Etude 5. de Philip Glass. Esa pieza lograba cautivarme cada vez que la ponía, sin importar la hora, el lugar o la compañía. Decidí subirle al volumen para poder capturar este momento por medio de la melodía del piano. Respiré profundamente y vi miré la luna. 

Traté de hacerla mía pero el viento fue superior a mí, no quiso cederla. Regresé vencida al calor de mi departamento y pensé que lo único que necesitaba para completar esa derrota era una botella de vino. Colgué el teléfono y me senté sobre el piso de madera. Me recargué en la pared, volteé hacia mi computadora, como si pudiera ver y no escuchar la música. 

Intenté reconciliar mi afán por contemplar la luna con lo insignificante que me pareció mi existencia en ese momento. Armé todo un escenario para que el viento lo tumbara sin mayor esfuerzo. Alguien golpeó bruscamente mi pared. El golpe provino del otro lado del muro. Mi corazón casi dejó de latir en ese momento. Rara vez alguien había interrumpido la paz que constantemente trataba de obtener. 

Decidí bajarle al volumen de la música ya que sí eran alrededor de las cuatro de la mañana. Por qué me molestan si ya me voy mañana de regreso a México, me pregunté. Pasaron como diez minutos, me acerca a la bocina negra que estaba conectada a mi computadora y toqué el borde para subirle al volumen. Como únicamente tocaron una vez, pensé que podría empujar la situación un poco y disfrutar de mi música. 

Para este punto ya no era disfrute, era simplemente un berrinche. Mi momento de contemplación había sido arruinado y estaba de nuevo metida en el cuarto que hervía y me abrumaba. Desde que empezó la temporada de frío, noté una pequeña fuga en el calentador del cuarto principal. Quizá el término principal es una exageración ya que habían dos cuartos: uno que era el cuarto multiusos y el otro que era la recámara. Aparte había una pequeña cocina pero esa estaba integrada al pasillo de la entrada. 

En fin, el calentador emitía un ruido particularmente molesto e inclusive se podía observar el calor salir de un orificio minúsculo en un costado de la reliquia. Pues regresé a sentarme en ese pequeño infierno que disfracé con luces de navidad, cortinas cálidas y una pared hecha con base en páginas de un libro titulado Hawaii. Debo admitir que esa pared era una especie de obra maestra, página tras página que completaban una historia que no parecía tener ni pies ni cabeza. 

Con todo y que intenté hacer de ése un espacio mío, nunca lo pude capturar del todo. Por lo menos esa madrugada no quería volverme a recluir ahí después de haberme creado toda una historia en la cabeza. Una vez más, la música, la voz, la luna y la madrugada me engañaron que estaban de mi lado. Lo único de mi lado esa noche fue el echo del golpe en la pared. 

Después que decidí cobrar ánimo mediante la música, volvieron a golpear bruscamente mi pared. Ese fue el comienzo de una no tan grata progresión. La vecina, a quien nunca había conocido en los cinco meses de vivir ahí, decidió tocar mi puerta ahora. A las cinco de la mañana no planeaba abrir mi ventana para tener una plática con mi poco cortés vecina, o acaso, ¿era esa yo? 

-Sé que estás ahí adentro. 

No respondí. Ella repitió su acción.  

-No abriré.

Le respondí y caminé hacia la recamara. Gritos y gritos. Ella quería discutir y pelear, yo simplemente quería sentir que mi penúltima noche en la ciudad podía capturar toda la inmensa gama de sentimientos indefinidos que experimenté durante mi tiempo en Nueva York. 

Finalmente, mi vecina logró añadir ese ingrediente faltante y esta apenas fue mi penúltima noche ahí. 

Recuerdo la última vez que me sentí así estaba en una biblioteca. Rodeada de gente inicialmente y poco a poco se fue vaciando el espacio. Ahora estoy sola en mi departamento con tres focos inalcanzables, fundidos. Sin embargo, son básicos para poder ver a estas alturas y sentir que no estoy en un bunker. 

Bunker o no bunker creo que no importa. Con luz o sin luz tampoco tiene tanta importancia. Agragaré un disclaimer al principio de mi tesina: léase bajo luz intensa, a ver si de esta manera usted sí entiende algo. 

Yo no entiendo nada y conforme pasan los minutos entiendo menos. 

Back to the Future